UNA DEUDA PENDIENTE

Lo cierto es que ahora si no me muevo no me duele nada… Parecía muy lejano, con una pandemia que nos robó el 2020 de por medio, pero la Maratón de Málaga ya forma parte del pasado. Me imagino que aquellos que tengan más experiencia en estas lides podrán corroborar que no hay dos carreras iguales, pero con mis modestas dos incursiones lo puedo afirmar con rotundidad.

Mi debut fue en Valencia en 2019, antes de que la vida me trajera a Zancadas, y aunque llevaba muchos años pensando que sabía correr lo cierto es que no, simplemente salía y movía las piernas. Creo que mi experiencia puede tener interés porque ahora sé lo que es correr los 42k con y sin preparación, y puedo confesar y confieso que, en un acto de imprudencia casi suicida, la carrera de Valencia la hice a lo loco: tiradas largas anárquicas, una de 30km un mes antes del evento y poco más. ¿La acabé sin pararme ni lesionarme?: sí. ¿Hice un tiempo digno?: demonios, sí. ¿No tenía ni idea de lo que estaba haciendo?: pues también. La alegría que sentí al llegar a la Ciudad de las ciencias y las artes tampoco puede expresarse con palabras porque fue la demostración de que cualquiera, con tenacidad, puede llegar a hacer cosas muy grandes en este deporte. Y una maratón lo es.

Volvamos a Málaga. Teniendo a Raúl como mentor el no prepararme la carrera como mandan los cánones no era una opción, sobre todo después de la mejoría evidente obtenida desde que estoy en el club, así que le solicité EL CRONOGRAMA. Para los no iniciados solo diré que es un Excel de vivos colores que uno abre con expectación, casi con ilusión, ajeno al hecho de que acabas de firmar un contrato vinculante con Esparta; ves muchos entrenamientos, variados, pero aún no eres consciente, rico mío. Y llega septiembre, destapas el rotulador y empiezas a tachar casillas. Como no quiero extenderme resumiré la experiencia preparatoria así:

  • Lo bueno. Te pones en forma, o más bien EN FORMA. Llega un momento en el que no eres capaz de recordar cuando salías a la calle por menos de 15km, y descubres que tu capacidad de disciplina y de tirar millas es muy superior a lo que pensabas.
  • Lo malo. Caes en la cuenta de que en el running hay varios niveles para cargar las piernas, y que siempre has estado jugando en las ligas inferiores. Es cierto que la capacidad de recuperación también se incrementa pero la línea entre el entrenamiento y el pasarse es muy fina.
  • Lo raro. Te conviertes en un niño de Biafra. Si antes ya estabas más o menos fit con la kilometrada entras en un estado de hambre perpetua, simplemente porque todo lo que comes lo quemas. No importa la hora del día que sea: si te ofrecen una hamburguesa dices «sí, por supuesto».

Pero se acabaron los melindres, es día 12 de diciembre, llego sin una molestia evidente más allá de todos los km acumulados y estoy en mi cajón esperando a que empiece el baile. No estoy nervioso porque he estudiado lo que he podido (salvo por el tema del gimnasio… Ay qué importante es y qué poca fuerza he hecho), pero sí que tengo curiosidad por saber si las sensaciones van a ser muy diferentes, si sufriré menos, si volaré o simplemente reptaré. Suena el pistoletazo, hay gente, pero claramente veo menos ambiente que en Valencia, y sobre todo echo en falta más público animando; la temperatura es ideal, así que me dispongo a pelear cada palmo de terreno. En los primeros compases me cuesta ceñirme al ritmo objetivo bien porque la carrera tarda una eternidad en abrirse o porque me entusiasmo como el principiante que en el fondo soy. Cuando llegamos al tramo que acompaña la playa las sensaciones son buenas, estoy ya en mi cadencia y me permito soñar. Nos cruzamos a los flacuchos que ya van en dirección contraria, corriendo como gamos, y no puedo evitar volver a preguntarme como un ser humano puede llevar ese ritmo; yo a lo mío. Damos la vuelta en las playas del Palo y ya enfilamos el punto de no retorno en el que acaba la media maratón; de manera simbólica el camino se bifurca y mientras que unos podrán dejar de correr en pocos metros el resto de locos seguiremos hacia nuestro destino, y como aquí es mejor no ser racional simplemente sigo corriendo y apuro otro gel.

Y es en el km 21 donde empieza la verdadera carrera, una completamente diferente, una “terra incógnita” en la que lo previo no te garantiza nada. Aguanto estos primeros km con entereza, pero me sigue sorprendiendo (para mal) la poca gente que hay en las calles, en estos momentos en los que cualquier grito de ánimo te da la vida, máxime cuando entramos en el inevitable tramo de los polígonos y los yermos, en los que tienes que aferrarte a tu propia cabeza y a la música que lleves. Ya jugueteamos con el km 30 y empieza a costar mantener il mío ritmo objetivo, lo cual no es un drama porque estoy muy contento con lo anterior, pero me preocupa que haya riesgo de no acabar esto; hay otras cosas más inquietantes, como que veo un número preocupante de gente pasando penurias en las cunetas (muchos más que en Valencia, en mi opinión), y que en torno al km 35, haciendo gala de un sentido del humor discutible, el trazado mete algunas subidas y bajadas que no parecen gran cosa pero que para alguien en «riesgo de exclusión» como yo en ese momento me tiran de cabeza en el Momento Penuria. Esta fase es una mezcla de piernas cargadas en Modo Dios, molestias en sitios insospechados de tu anatomía y unas ganas locas de pararse, o lo que es lo mismo, tiras de lo único que te queda, una voluntad Nietzscheiana. Van cayendo lentos los km, como la melaza, hasta que eres consciente de que ya los cuentas con los dedos de la mano, y justo cuando ya ni la música ni encomendarte a tu Dios te consuela entras en el cogollo de Málaga, y aquí sí que hay ambiente, buenas personas que animan a tope. Ya no hay vuelta atrás, pararte no es una opción, vas a acabar tu segunda maratón sí o sí, no has echado pié a tierra, así que por fín doblas la esquina y enfilas la recta final, siendo plena y dolorosamente consciente de tus piernas, pero al mismo tiempo trascendiendo, ignorándolas… ¿por qué hay alguien que está alejando la meta mientras corro? No, ya llegué, ya puedo pararme, lo conseguí, ni una maratón más… ¡Copón, 15 minutos menos que en Valencia…!

Y claro, estiras como si te fuera la vida en ello, encuentro a David, compartimos nuestras venturas y desventuras, llegas como puedes a la Central de recuperación, que es lo que los runners llamamos bar, te inflas a cañas, comes como si fuera la primera vez, ves anochecer la playa y, con un gin tonic en la mano, en un hecho absolutamente inexplicable para la ciencia, empiezas a barruntar la posibilidad de hacer otra, pero esta vez cambiando de estrategia y sufriendo menos…

En resumen, la Maratón es una experiencia vital tanto o más que deportiva. No solo es la guinda del pastel de cualquier corredor, si no que te enseña muchas cosas buenas de tí mismo (y alguna mala). Con preparación yo creo que está al alcance de cualquiera que lleve un número suficiente de años corriendo y esté dispuesto a comprometerse con ella; repito que la sensación de acabarla es difícilmente descriptible y claramente. ¿Lugar para hacerlo?: Valencia, sin duda.

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