Está crónica va para el «papi» de Sonia Cruz

Llevo unos días malos. La vida a veces se te complica y a mí se me ha complicado mucho últimamente. Estoy desmotivada y enfadada con el mundo. Me invade la tristeza y el desánimo. No me gusto. No me reconozco.
La carrera está a la vuelta de la esquina y yo estoy agotada mentalmente. Apenas entreno y no soy constante. Me muevo por impulsos.
Quedan tres días para la carrera y decido no correrla, es evidente que no estoy preparada y además me han dicho que es dura. No quiero sufrir más.
Le pido a las chicas que me recojan el dorsal y la camiseta como recuerdo (los recuerdos de las derrotas también son recuerdos al fin y al cabo…).
Ya es viernes, llamo a mi padre como cada día. Hace 10 que lleva postrado en una cama. Un ictus severo le impide caminar. Nadie sabe si volverá a hacerlo algún día. Tiene solo 72 años.
Le animo una vez más, no puedo hacer mucho más por él. Le pido como cada día que sea fuerte, que no se rinda, que centre toda su energía en conseguir volver a andar. No puede tirar la toalla. “Es el reto más importante de tu vida, papá”, le digo aguantando las lágrimas.
Él me contesta que sí poco convencido. El desánimo le ha invadido.
Cuelgo el teléfono. Ahora lo tengo claro. Tengo que correr esa carrera.
Escribo a las chicas. Corro el domingo. ¿A qué hora quedamos?
Ya es domingo y me levanto a las 7. Me visto casi dormida y voy al punto de encuentro.

No estoy nerviosa. Me da igual el tiempo que tarde en correrla. No tengo un objetivo en tiempos. Me mueve otra cosa mucho más profunda que una buena marca.
Llegamos con tiempo a la Castellana. Cientos de corredores calientan. Suena buena música. El ambiente es fantástico. Sonrío por primera vez en muchos días. Voy a disfrutarla. Por mí. Por mi padre.
Es nuestro turno.
El primer kilómetro voy pendiente de mis compañeras, mis ya amigas, pero mi ritmo es más rápido y estoy teniendo buenas sensaciones. ¡Nos veremos en la llegada!
Me acompaña Miguel. Marcamos nuestro ritmo. Vamos acelerando zancada a zancada. Llega la temida cuesta, es bastante pronunciada pero la subimos sorprendentemente rápido. “Hemos pasado lo peor”, me dice Miguel. “Vamos a bajar de la hora. Ese va a ser nuestro objetivo”, le digo yo convencida. Miguel asiente. Es su primera carrera y no puede ser mejor compañero de aventura. Van pasando los kms. 5’35 – 5’29 – 5’32…
Llega el km 9. Esta carrera acaba en subida y la mente me juega una mala pasada. “No puedo más, Miguel, sigue tú”. Me paro y Miguel se para conmigo. Me enfado con él y le grito que siga, me dice que no, que somos un equipo. Me falta el aire. Cojo todo el que puedo y empiezo a correr de nuevo. Son solo 500 metros. Voy a terminarla. Mi padre estará orgulloso, pienso…
Cruzo la meta y me abrazo a Miguel emocionada. Paro el reloj. 57’57. Bonita marca.

Vuelvo a sonreír.

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