CRÓNICA DE LAURA

¿Dónde está? ¿Y el arco de meta? ¡No lo veo… Vamos Laura vamos, últimos metros, recuerda las palabras de Raúl, ¡con el corazón! Y unos metros después allí estaba, sobre el tapiz rojo que predecía el final. El final de un mes y medio de duro entrenamiento, de rodajes con y sin equipo y de sacrificio personal.

2 horas antes estaba con ellos, con mi equipo, con los que tantos kilómetros había compartido, pero llegó el momento en el que me encontré sola, con una cuenta atrás por los altavoces y mi dedo sobre el botón de inicio de mi reloj Garmin. Comenzamos.

Desde que vi el recorrido mi preocupación eran esos 4 primeros kilómetros de subida hasta las 4 torres, pero la emoción y la gente me llevó en volandas. Estaba pasando, estaba corriendo mi primera media maratón y era genial!

En los 13 primeros kilómetros todo fue maravilloso, mis piernas me respondían, mi ritmo era muy bueno y mis cálculos salían a la perfección. Pero ese fue mi punto, el giro de O`Donell. Mi cuerpo empezó a cansarse y creo que en ese momento, empezó mi carrera.

En el siguiente punto de animación escuche por el micrófono “Animo chicos, pensad en lo que habéis entrenado, en el calor que habéis pasado, el sacrificio para llegar hasta aquí, es el momento de demostrarlo, ¡vamos!”. Mis ojos se llenaron de lágrimas y mis piernas de fuerza para seguir. Continuamos.

Kilómetro 16, calle Velázquez. Días antes me habían advertido, tramo difícil, pero estaba preparada. Apreté los dientes y cuando me quise dar cuenta, lo había dejado atrás. Ya quedaba menos.

En el kilómetro 18 las buenas sensaciones se fueron y aparecieron las ganas de terminar y alguna molestia ya estaba comenzando a convertirse en algo más y aún quedaban 3.

Llegué a Atocha, llegaba mi parte favorita del recorrido. Los gritos de ánimo cubrieron el ruido de las zapatillas contra el asfalto y vi la calle abarrotada de gente, en mi mente solo había un pensamiento; Neptuno, Cibeles y meta.

Pasé Neptuno, vamos, vamos, vamos… Mis piernas gritaban, mi pecho iba a estallar y no podía más. De pronto, Cibeles… ¿Dónde está? No lo veo. Y el arco de meta? La gente seguía corriendo. Dónde está? No puede ser, tiene que estar aquí!

Y por fin lo vi. Aún no sé de dónde saqué fuerzas, pero esprinté y al pasar bajo la meta todo cobró sentido. Paré mi reloj. 1 hora y 55 minutos, lo había conseguido.

Todo sacrificio tiene su recompensa y ayer obtuve la mía por partida doble. Todo gracias a ellos, a mi familia Zancadas. 

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